El eje de mis coordenadas. Quinta parte

Desperté en una habitación blanca. Completamente blanca.
- Sara, querida, te has desmayado.
- ¿Dónde estoy?
- En el hospital querida, al caer te golpeaste la cabeza y..
- ¿Qué hospital es este?
- El nuestro, querida, qué tontería! ¿Donde ibas a estar?
- ¿Pero tu quien eres? Y deja de llamarme querida, me revuelve las tripas.
- Parece que el golpe ha sido más fuerte de lo que creía, llamaré a la enfermera.
Yo no tenía fuerzas, me sentía como drogada, me pesaban los párpados, y los brazos, casi no me sentía las piernas. Vino una enfermera vestida de blanco e introdujo un líquido transparente en mi vena. Qué paz. Paz blanca.
Cuando volví a despertar seguía en el mismo lugar. No estaba segura de estar realmente despierta.
- Hola- Me hablaba una de las mujeres perfectas de la reunión perfecta en la urbanización perfecta.
- Oye, no te conozco, sé que me vas a decir que si querida, que no te acuerdas querida, que somos amigas querida, pero ahorratelo, ¿vale? pasa de mi y saca tu culo operado de mi lado. Todo esto es una puta pesadilla, joder!
- Lo se.
- Ah, ¿lo sabes?
- Sí, llegué dos semanas antes que tu, suficiente para darme cuenta que o les sigues el rollo o… Aquí no, hablaremos cuando salgas. No les lleves la contraria, son peligrosos. Ah, y mi culo no es operado.
Se despidió con la promesa de explicarme todo cuanto sabía en cuanto pudiera salir de aquel hospital blanco. Me dijo que se llamaba Cristina Pérez, que ella empezó a sospechar cuando de un día para otro inauguraban sin previa una escuela o un hospital. Dijo que había visto cosas. Que a los que hacían preguntas les pasaban cosas. Que tenía mucho miedo, que juntas podríamos salir de allí. ¿Salir juntas? yo pensaba largarme de allí con mi familia en cuanto apareciera Victor y dejaran de drogarme.
- Nena, ¿estas bien?
- Victor, ¡Por fin! Tenemos que irnos de aquí
- Sara, primero tienen que darte el alta, al parecer te has dado un buen golpe. Dicen que has perdido la memoria.
- Qué va, que aseguran que conozco a unas mujeres rarísimas que no había visto en mi vida y dicen que han construido una escuela donde tenemos que inscribir a las niñas. Esta gente está loca, creo que son una secta o algo así. Vamonos nene.
- Sara, descansa un poco, luego hablamos.
- No puedes dar crédito a esa gente que no conoces. ¿Acaso tu sabías que iban a hacer un colegio en la urbanización? ¿conoces alguna urbanización que tenga hospital, escuela y seguridad privadas?
- Nena, ya lo hemos discutido, esto es perfecto para nosotros y para las niñas. Ahora descansa.
No me lo podía creer. Victor se había vendido y yo lo había perdido. Pero esto no iba a quedar así, saldría de allí y buscaría a esa tal Cristina Pérez, quizá no estaba sola del todo en esa maldita pesadilla. Sólo podía pensar en mis hijas, en cómo había podido meterlas en ese lugar, pero sobretodo, en como podía sacarlas de allí.

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El eje de mis coordenadas. Cuarta parte

Pasaban los días y seguía sin acostumbrarme a aquello. Hacía mis cosas, iba y venía, añoraba a mis perros sobremanera… Si es que allí no había ni cobertura, e incluso a días no teníamos ni Internet. Parecía otra dimensión. Solía perderme en mis pensamientos, que a menudo me llevaban a conclusiones propias de una historia de ciencia ficción. Porque yo seguía en mis trece de que todo aquello no era normal. Los barrenderos eran raros, los tenderos no te daban conversación, ninguno, y nunca nunca había visto policías por allí. Raro. Raro de narices. Buff… empezaba a pensar que pasaba sola demasiado tiempo y me estaba volviendo majareta…
- ¡¡Rábanos!! ¿qué haces aquí? ¿Cómo has entrado? ¿Quién te ha dado permiso?- Vincent estaba en mi cocina de nuevo, allí sin más, con esa sonrisa artificial del Kent de la Barbie.
- Buenos días, la puerta estaba abierta y yo…
- ¿Cómo que estaba abierta? Pues estaría abierta, pero es una puerta, y como tal delimita lo que es dentro y lo que es fuera y si estas dentro es que no has pillado que no está de adorno, sino que está para que los extraños como tu sepan que estan entrando en mi casa!
- Bueno, extraño suena a desconocido, y nosotros somos amigos y vecinos.
- jajajaja!! esta si que es buena. ¿Cual es mi color favorito? ¿donde vivía a los cinco años? ¿Que es lo que más detesto de la gente?
- Azul, en Orihuela y la hipocresía.
- … – Pensé que me iba a desmayar.
- Anda, relájate. He venido a explicarte que en dos semanas estará operativa la escuela. Tienes que pasar por las oficinas para acabar de formalizar la matriculación de las niñas.
- … ¿Escuela? ¿qué escuela?… ¡Y porqué demonios me tuteas? ¿como sabes todo eso de mi?
- Venga, déjate de coñas. Te dejo, ya vendrás cuando puedas. Acuerdate de traer las fotos de carnet de las crías. Bye!
Y me dejó allí, de pie, en medio de la cocina. Estaba aterrada. Todo indicaba que se me había ido la olla completamente. Pero yo estaba segura que a mi cabeza no le pasaba nada de nada. No quería volver a llamar a Victor y que volviera a decirme aquello de “nena, tranquilizate, no pasa nada, todo esta bien”, con ese tono condescendiente que me repatea tanto. Así que me fui a ver si encontraba a alguien normal en aquella urbanización del demonio con quien hablar de todo esto. Caminé hacia la casa de al lado. No había nadie. Seguí hasta que encontré una con las persianas levantadas. Vaya tela, parecía una de esas películas americanas de los años 50, en las que siete u ocho amas de casa perfectas toman el te mientras simulan que sus vidas son perfectas. Da igual, ya que estaba allí no me iría sin intentarlo. Piqué a la puerta.
- ¡¡Sara!! pasa querida, te estabamos esperando.
Me desmayé.

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El eje de mis coordenadas. Tercera parte

Tanto es así que al día siguiente de aquella visita me encontraba empaquetando mi vida. La mudanza fué inmediata. Victor y yo hablamos, lo explicamos a las niñas, llamamos a Vincent y esa misma tarde teníamos un camión en la puerta. Yo seguía teniendo esa sensación que me advierte del peligro, pero lo cierto es que todo aquello nos solucionaba la vida: dejaríamos de tener que pagar hipoteca y además podríamos tener algo de “cash”, que se dice pronto. Realmente parecía que nos había tocado la lotería. Y las niñas encantadas como su padre, aunque tendrían que madrugar más para llegar a tiempo al cole, no conocían a nadie allí y demás inconvenientes que traté de enumerar. Así que nos instalamos en aquella casa, que desde el principio me pareció un frío hotel. Arreglamos todo el papeleo tan rápidamente que ni me enteré. Todo resultaba tan fácil, tan encantador, tan agradable que me daba ganas de vomitar. No sé si de miedo o de asco, pero no me gustaba. Pero decidí callar y resignarme porque al resto de mi familia le parecía lo mejor que nos había pasado en la vida. Bueno, a todos menos a Roco y Freddy, mis perros, que también estaban notablemente incómodos con el cambio, lo que me reconfortaba un poco: alguien me acompañaba en mi angustia. Así que allí estaba yo, viviendo en el decorado de “El Show de Truman”, mientras esperaba. Porque yo sabía que algo iba a pasar.
Al poco tiempo, un par de días después de llegar, una mañana Vincent nos hizo la primera visita. Le serví un café con leche, y otro para mi.
- Señora, hay algo de lo que tenemos que hablar.
- Imagino que sí, de lo contrario no estaría sentado en mi cocina.
- …, si, bueno, decía que hay algo que olvidé comentarles anteriormente. En esta nuestra urbanización no se admiten perros. Si lo desea conozco una protectora cerca de aquí que…
- Fuera de mi casa.
- Me parece que no comprende lo que le digo.
- No, el que parece duro de mollera es usted: fuera de mi casa. Mis perros son de mi familia, pero no espero que usted entienda eso, para hacerlo debería tener una sensibilidad que algo me dice que no ha tenido en su vida. Fuera de mi casa.
- Está bien, está usted muy nerviosa, volveré en otro momento.
Ya está, sabía que algo malo iba a pasar. Llamé a Victor y cual fué mi sorpresa al saber que ya le habían llamado a el y… le habían convencido. Me decía que teníamos que poner de nuestra parte, que era mucho lo que nos habían dado… Pero es que yo lo había dado casi todo: mi hogar y ahora mis perros. No lo conseguiría sin ellos, son mis amigos, les quiero y no quiero estar sin ellos… Lo que no sabía es que aquello estaba lejos de ser “lo malo” que yo sospechaba que iba a pasar. No había hecho más que empezar.

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El eje de mis coordenadas. SEGUNDA PARTE

Víctor llamó, y fuimos citados nosotros en una urbanización un tanto apartada, entre dos pueblos vecinos. Nos costó encontrar el lar, porque ni con el “tonto”, porque no aparecía, ni preguntando a los pocos parroquianos que ibamos encontrando en el camino, porque nadie parecía haber oído hablar nunca de “Urbanización Los almendros”. Total que nada más llegar mi sensación de nerviosismo desconfiado se convirtió en angustia ansionsa. ¡Por el amor de un dios cualquiera! La entrada era una puerta gigantesca de hierro forjado que ni en Miami Vice, con su pomo dorado y todo, que unía las dos partes de un muro tipo Alcatraz, hecho de piedra y coronado en hilamentos electrificados (así lo indicaba en un rincón), del cual no se veía el final por ninguno de los dos lados. Se me encogió el estómago. Iba a decirle a Victor que nos fueramos de allí inmediatamente cuando nos sobresaltó la repentina y subterfúgica aparición de Vincent por detrás nuestro.
- Buenas tardes señores Gavilán, soy Vincent Martin, bienvenidos a “Los Almendros”. Si les parece suban al carrito y les mostraré lo que les ofrecemos. – dijo señalando una especie de cochechito de esos de los campos de golf, muy pijo todo…
- Sí claro Vincent, buenas tardes para ti también… Oye… impresionante esta entrada.
- Sí, esa es la idea, impresionar tambien a los maleantes y persuadirles de entrar a la urbanización.
Yo estaba que si me pinchan no sacan nada. Subí al carro ese pijo con la sensación de que si entraba ahí no habría marcha atrás, pero… la curiosidad mató al gato.
Si el portón de la entrada era magestuoso, el interior era digno de cualquier culebrón de esos de contraste entre ricos y pobres, donde ese sería el escenario afortunado. Las calles eran rengleras de preciosas y modernas casas semi pareadas con jardín individual, y formaban una distribución semejante al Eixample barcelonés, solo que en el centro de éste se erigía una especie de manzana completamente diferente a las demás. Se trataba de un conglomerado de tiendas y establecimientos de restauración de apariencia tradicional, semblantes a las del barrio latino de París, pero a la vez con una linea impecablemente moderna. Del centro de este conjunto comercial emergía un edificio no muy alto pero notablemente más que los demás, a modo de panóptico, con un gran letrero que rezaba : “Bienvenidos a Los Almendros”. Se me helaron los dedos de los piés. Madre mia, madre mia. Esto es una cámara de esas de la tele para reirse de la reacción de la peña, pensé. Pero no. Vincent nos hizo pasar a lo que nos dijo eran sus oficinas, el panóptico, y allí nos explicó las condiciones de la oferta: nuestra casa por una de las que acababamos de ver, más la amortización completa de la hipoteca y 30.000 euros. Se me escapó la risa. Miré a Victor y lo que vi me acongojó aún mas: sonreía oníricamente.
- ¿Porqué? pregunté.
- Su propiedad ha enamorado al dueño de todo esto. Digamos que les ha tocado la lotería.
- ¿El dueño? ¿qué..?
- Cariño, vamos a casa y lo pensamos.- Me cortó Victor con gesto de reproche por mi tono de voz.
Mientras salíamos de allí deseé que fuese la primera y la última vez que pusiera mis pies allí… pero pronto pondría algo más que eso.

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El eje de mis coordenadas. PRIMERA PARTE

El sonido del timbre me despertó tan bruscamente de mi siesta que no sabía si lo había soñado o realmente había alguien en la puerta. Supe que era real por los ladridos de los perros, mis dos pastores belgas Rocco y Freddy. No es que suela dormir habitualmente a las 15:30 de la tarde, pero recuerdo que no me encontraba bien… si es que iba agotada. Esa casa es muy grande, y no me la acababa. Así que aquel día fui a llevar a los niños al colegio y a la vuelta me estiré en el sofá, un lujo excepcional que me transportó a brazos de Morfeo en cero coma dos segundos. Y justo ese día, por una vez que me hacía una bien merecida siesta, alguien estaba picando al timbre de la puerta. Estuve tentada a no atender pero… quien fuera que estaba en mi puerta insistía. Así que me dirigí a la entrada principal de un humor nefasto, dispuesta a despachar a quien fuera lo más rápidamente posible, a ver si podía reemprender mi reunión con don Morfeo sin que antes me atacara el dolor de cabeza de rigor. El video-portero no funcionaba, así que salí de la casa y caminé hacia la entrada por el jardín de delante. A través de la verja vi a dos hombres de mi edad, unos treinta y cinco más o menos, bastante bien vestidos, a los que no había visto nunca antes de aquella tarde. Testigos de Jericó, deduje. Vaya tela, me van a oír, pensé. Pero me equivocaba. Cuando llegué a la entrada e hice callar y sentarse tras de mi a los perros les pregunté qué querían y… se inició la charla que cambiaría nuestras vidas para siempre.

Se presentaron como Carlos y Vincent y me explicaron que estaban muy interesados en “la inmediata adquisición de mi vivienda”, a lo que yo, claro, les respondí entre sorprendida y molesta que no estaba en venta, les deseé buenas tardes y me di la vuelta dispuesta a volver a mi deseado sofá. Pero ellos insistieron: “Ponga usted el precio que le plazca, lo pagaremos. También podemos facilitarles una nueva vivienda, si lo desean. Háblelo con su marido y llámenos, dejamos contacto en su buzón.” Y dando las buenas tardes se marcharon. Yo seguí caminando hacia mi sofá porque una fuerza irracional tiraba de mí hacia él, y efectivamente, dormí hasta la hora de recoger a los niños como si fuera el último día de mi vida en que podría hacerlo.
Recuerdo que cuando Víctor llegó a casa aquella tarde dejó el correo en la mesa del comedor, como cada día, y recordé que aquellos hombres habían dicho que dejarían su tarjeta en el buzón. Pero en ese momento estaba al teléfono y al colgar ya lo había vuelto a olvidar… demasiadas cosas en la cabeza. A la hora de la cena los niños colocaron los papeles del buzón en su sitio, sin abrir, y pusieron la mesa como cada noche. Así que si habían dejado algo o no en mi buzón, algo que, por ejemplo, pudiera cambiar el trascurso de la historia de mi vida, quedó suspendido en el tiempo, olvidado entre las demás cartas.
La mañana siguiente fue una de esas mañanas en las que faltan horas. Tenía mil recados que hacer y poco tiempo para ello. Así que ni me di cuenta que había olvidado el móvil en casa. Al llegar, mientras preparaba la comida, oí como el aparato me avisaba que tenía mensajes pendientes de escuchar. No fue hasta después de llevar a los críos al colegio tras la comida que pude escucharlos. No me lo podía creer… Me senté en el banco de la cocina para no caer desmayada por la impresión. “Hola Sra. Aguado, soy Vincent. Nos conocimos ayer en la puerta de su casa. Quería saber si habían considerado nuestra oferta. De hecho tenemos una vivienda semi-nueva que creemos puede ser una magnífica oportunidad para ustedes. Además con el cambio aún ganarán algo de efectivo dado que el valor de tasación de su actual domicilio es superior al de la casa que le ofrecemos. Llámenme a éste mismo número. Feliz mañana”. Pero… ¿Cómo había conseguido mi número de teléfono móvil este tipo? ¿Cómo sabía el valor de tasación de mi casa? ¿Qué parte de “la casa no está en venta” dije en ruso? Recuerdo que sentí una náusea subir desde el estómago a la garganta. Entonces escuché el segundo mensaje: “Cariño, llámame cuando puedas. Me ha venido a ver al despacho un tipo diciendo que estaba interesado en comprarnos la casa. Dice que nos ofrece una interesante alternativa y analizando la oferta aun ganamos bastante pasta por la diferencia de precio entre las dos. En fin, que igual podríamos llamarle y escuchar lo que nos ofrece con calma, ¿no? Llámame y hablamos”. Madre mía. O yo soy muy mal pensada, o esto me parece de película de terror. Vale, el valor de tasación de mi casa se lo podría haber dado Víctor, pero ¿mi número de teléfono y la dirección de su despacho? Todo esto me estaba dando muy mala espina, y lo peor es que Víctor parecía encantado. Le llamé y me dijo que no me pusiera en plan paranoico, que hoy en día la información fluía, y que lo importante es que la oferta que nos hacían podía irnos muy bien. No tenía fuerzas para discutir, entre otras cosas porque estaba empezando a sentir la parálisis del miedo, así que le dije, ante su insistencia, que vale, que los citara para esa reunión que proponían y escucharíamos lo que tenían que decirnos.

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¿Quién hay en tu garaje?

¡Por fin en casa! ¡cuánto ajetreo, madre mía! Cientos de personas comprando sin parar, como si fuera a acabarse el mundo, pero ¿qué pasa? ¿now hemos vuelto locos o qué? En fin, ya estoy en cas. Hogar dulce hogar. Desde que me instalé en esta colina, mi querida atalaya desde la que contemplar el mar al horizonte, no hay lugar en el mundo donde me sienta más reconfortada. Paz, serenidad, sosiego… esto es el paraíso terrenal. Ahora mismo voy a prepararme una copa de buen vino, encender la chimenea y agarrarme a un buen libro mientras oigo jazz. Nada me apetece más. Este fin de semana estaré sola en mi refugio, bueno, casi sola, con mi fiel mastín Blues, que goza igual que yo de este nuestro lugar en el mundo.
¡Vaya! Otra vez vacía la leñera. Qué poquito me apetece ahora salir a buscar troncos al garaje, esa puerta siempre se me resiste, y encima hoy hace un frío que hiela hasta los pensamientos. En fin, qué remedio, allá voy.
- Vamos Blues, acompañame, ven conmigo ¡anda!
Caramba, hoy ni mi perro se mueve para acompañarme. ¡Vaya con el fiel amigo! nada, que ni caso me hace, voy a tener que salir sola si quiero leña para mi chimenea.
Efectivamente, la maldita puerta encallada. Pues pienso abrirla, vaya que si la abro, aunque sea a golpes, porque… ¿qué? ¿qué ha sido ese ruido? No puede ser, ¡se me ha cerrado la puerta de casa y la llave está dentro! Está claro que hoy no es el mejor de mis días. Si al menos pudiera coger el coche para ir a casa de mi hermana, que tiene copia de mis llaves… pero las que tengo son del coche y el garaje, las de la verja de la entrada están dentro de casa con el resto, olvidé hacer una copia para este juego de llaves desde que se me rompió la que llevaba. Vaya cabeza la mía. Aquí estoy, atrapada en este mi jardín fantasma, a tres grados y sin chaqueta. Total, sólo quería unos tronquitos. ¿Y si grito? No sé para qué, no hay nadie en kilómetros a la redonda. ¿qué?… no puede ser, los nervios me traicionan, ya sería el colmo…
- ¿ Quién anda ahí?
Os juro que he oído un ruido como de… no no, no pueden ser pasos, nadie más hay en la casa. ¡Dios! ¿qué hago? Vamos, vamos, piensa antes de que se te congele el cerebro. Ya sé, picaré en la ventana y cuando Blues me oiga subirá por la escalera y con sólo un movimiento de su pataza abrirá la puerta de casa como ha hecho otras veces. Eso haré y entraré en mi salón calentito y continuaré mis planes pero sin el fuego, mañana será otro día y para eso tengo calefacción y… ¡Aahh! ¡Hay alguien en la casa! No estoy loca, acabo de ver una sombra atravesar la ventana. Pero no entiendo nada, ¿porqué Blues no ladra? Puedo ver como sigue durmiendo en la misma posición que cuando subí a por la leña, que maldita la hora, por cierto, que subí. Otra vez la sombra. ¡Aahh!
- ¿ Quien eres tu?
- Soy la Muerte, y he venido a buscarte.
- Si claro, y yo Minnie Mouse. Anda ábreme la puerta lárgate.
- No necesitas que te abra la puerta. Puedes pasar a través de ella . Tu cuerpo está abajo, con Blues.
Como en un reflejo miré mis manos y… no tengo manos… ni pies ni cuerpo… ¡Ah, Ah, ja sé que pasa, estoy soñando. Eso no es más que una pesadilla y me despertaré. Venga puerta bonita, ábrete por favor. Es que ni con patadas.
- ¡Aah! ¡Qué susto me has dado! Veo que por fin has salido, venga, lárgate de una vez o llamaré a la policia, o al sanatorio mental reina, porque estás fatal. Venga, vamoos, desfila.
- Es que veo que no lo entiendes, tu te vienes conmigo. No puedes abrir la puerta porque estás muerta.
- No pienso moverme de aquí hasta que abra la puerta, coja el hacha que tengo dentro y te haga correr hasta llegar a Sierranevada.
- Bien, pues ahí te quedas, para toda la eternidad. Esperaré a que logres abrir y coger el hacha, así me llevaré dos almas al precio de una.

Y tu… ¿Has oído alguna vez golpes en la puerta de tu garaje?…

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Olor a jazmín en un día de lluvia

Huelo los sentimientos de la gente. Literalmente. Por ejemplo, esta mañana en la frutería una mujer apestaba a huevos podridos, y, efectivamente, a los tres minutos de entrar en el establecimiento ya estaba gritándole a un señor mayor porque “no se aparta de el medio y no deja pasar a nadie”. Al salir, mientras ponía mis frutas sobre el aparador para que Rosa, la cajera, las cobrara, me ha venido una olorcilla como a jazmín en flor un día de lluvia i… ella me ha contado que se había enamorado como una quiceañera de un enfermero maravilloso. Así es siempre. Hay olores nauseabundas, maravillosas, desagradables y agradables, y todas todas coinciden con lo que sienten sus portadores. Sé que no es algo usual, pero… qué quereis que os diga, cuando una es ciega, esto es una ayuda monumental. Imaginaos. Yo no puedo ver las expresiones, ni los gestos ni las miradas, pero puedo olerlo todo. Hasta hace unas horas.

Estaba yo tranquilamente en el banco del parque donde suelo ir a tomar el sol escuchando un audio-libro interesantísimo sobre una monja y unos seres hallados que parecían ángeles, completamente sola y embebida en la historia cuando… Plas! Algo me toca el brazo. Menudo bote he dado.

- ¿Hola? ¿Quien…?
- Perdone, es que se le ha caído la revista.
- Ah, gracias, muchas gracias. Perdone, ¿lleva ahí mucho rato?
- Oh… bueno, como media hora aproximadamente, ¿porqué?
- Ejem, en fin… yo… no le vi llegar.

El hombre rió con ganas. Pero yo apenas conseguí esbozar una leve sonrisa. No puede ser. No huele a nada. Nunca me había sucedido. ¿Acaso no siente nada? Es imposible, nadie no siente nada. Puedes estar amargado, feliz, asqueado o ilusionado, decepcionado, alegre, triste o pasota, pero siempre sientes algo. Si no, estás muerto. Pero los muertos no hablan, y ese hombre me ha hablado, y me ha recogido la revista, y se ha reído. Pero no ha sentido nada de nada…

Llevo horas pensando en esto, y creo que ya sé lo que pasa. Está vacío. Y no siente. Conoce el absurdo de existir sin testigos, sin que a nadie le importe si se levanta por la mañana o está demasiado triste para hacerlo. Está solo, aislado. Se le pasó la rosca. Demasiado tiempo sintiendo el asco vital, demasiado tiempo esperando tiempos mejores. Ahora no vive, sobrevive. Pero no es tarde, si ha sobrevivido sin sentimientos todavía hay esperanza para él. Esperanza, es algo bueno para sentir… aunque nunca podré explicarselo, porque si no le huelo, no le veo. Desesperanza. Algo malo para sentir. Pero estoy contenta por sentirlo, porque eso me asegura que sigo viva, que existo y no estoy sola, puedo compartir lo que me pasa. Me pregunto cuantas personas como ése hombre nos cruzamos a diario, sin verlas, sin olerlas, sin sentirlas. Personas solas que ni siquiera estan ya tristes. Personas que sobreviven, como zombies invisibles…

Mmmm, ese olor a vainilla… mi amiga Ana ya ha llegado, y parece que está contenta. Bien.

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Candidez en el rostro

Lo primero que hace mi nieta cuando mi yerno la trae a casa cada mañana es pedirme que vayamos al parque. Llueva, haga viento, frío o demasiada calor, ella quiere parque. Así que si el tiempo lo permite cada mañana nos vamos para allá, donde, con suerte, encontramos otros niños con los que jugar. Hoy llueve, así que nos quedaremos en casa. Ayer le compré uno de esos cuadernos para colorear que tienen pegatinas también. A ella le encantan. Sé que intentará ir al parque, pero ya tengo preparado el plan B…
- Yaya…
- Princesa, hoy no podemos ir al parque, está lloviendo, pero tenemos un nuevo libro…
- No no, ya lo sé. Quiero saber si te duele.
- ¿Qué es lo que me tiene que doler princesa?
- Pues eso, la “sange” que tienes en la cara.
Para sangre la que se me paró a mi en ese momento. Menudo fallo. A ver ahora qué le digo. Si es que desde que me dedico a esto sabía que algun día terminaría por cometer algún error. Mira que la cárcel me da igual, por mi edad, la opinión pública a mi edad me resbala… pero mi familia, eso sí que me importa. Por ellos hago lo que hago. Si es que necesitábamos el dinero, y yo era la candidata perfecta: nadie sospecharía de una anciana. La crisis. Aunque en el fondo siempre quise tener una pistola de esas con silenciador de las películas, siempre me gustaba la mala, la perversa de cada historia. Así que eso soy: abuela amorosa de día, asesina a sueldo de noche. Hasta que el cuerpo aguante. Y lo bien que le va a ir a mis hijas el dinerito. Y lo bien que me lo estoy pasando…
- No princesa no, no me duele porque no es “sange” , es que he desayunado mermelada de fresa con la tostada y me he manchado.
- Mmmm, mermelada de “fesa”, ¿yo puedo?
- Claro princesa, la yaya te hace ahora mismo una rica tostada con mermelada de fresa.

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¿Lujuria es mujer?

No es su cara, ni su cuerpo. Es su mirada. Te penetra, te atrapa, no puedes dejar de mirarle. Hombre de pocas palabras, ¿para qué? habla con los ojos.
- ¿Me validas mis facturas, por favor?
- Claro.
Llevo un año trabajando en esta empresa y de entre todos los chóferes, de entre todos los muchos hombres que veo a diario, éste es el único que me pone nerviosa. Siento como mis mejillas arden cuando entra en mi pequeña oficina. Mis mejillas y… vaya, ya sabes. De hecho cuando le veo en el almacén desde el cristal transparente de las paredes de mi despacho siento como algo sucede en mi estómago. Menuda tontería. El es perseguido por mujeres y hombres a diario, es joven, guapo, tiene un cuerpazo y es muy interesante. Yo tengo un hijo pequeño, soy del montón y bastante más mayor que el. Digamos que a mi no me persiguen demasiado, y si lo hacen no tengo tiempo para darme cuenta. Así que no se que clase de estupidez me atrapa cuando le veo… ¿Pero que?…
Clara levantó la vista y se topó con que Victor estaba allí mismo, delante de ella, mirándola de esa manera… y le dijo:

“Te pido que no me juzgues, sé que sabes mi secreto, sé que lo sabes por cómo me miras, pero quiero decirte que a pesar de eso me muero por besarte, por hacerte el amor. Eres la única mujer del mundo que me interesa. Sólo quería que lo supieras. Hasta mañana”

Clara lo detuvo, y le citó para esa misma noche. Dejaría al niño con su amiga Sara. ¿Iba a dejar pasar semejante situación sólo porque Victor era, algunas noches del mes, Victoria?

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Te odio, mi amor

- Mira, cuando te pones así, no te aguanto…
- ¡Pues vamos bien! Porque yo no te aguanto la mayor parte del tiempo, te pongas como te pongas…
- …
- Sí, no te quedes con esa cara de pasmada, será que te viene de nuevo! si ya lo sabes, porque te lo digo. Te digo que me parece una falta de respeto que no te depiles en todo el invierno, que no soporto que a veces tengas más bigote que yo, que me enrabia que me riñas porque he tirado la ropa al suelo al ducharme… y no hablemos de tus pedos, porque eso ya, eso ya si que me saca!!
- Claro, tienes más razón que un santo. Pobre de ti, tener que cargar conmigo… en cambio yo, tengo una joya: sabes escuchar como la mejor de las amigas, cumples religiosamente con tu parte del reparto de tareas en casa, siempre tiras de la cadena en seguida que acabas de hacer tus necesdades mayores para que no huela toda la casa… Efectivamente, podría seguir enumerando tus lindezas durante horas y no acabaría. Si es que no te merezco.
- Odio tanto cuando te pones en plan cínica..
- Mira, eso antes se te ha olvidado!
- No se me ha olvidado, lo que pasa es que son tantas cosas de ti las que no soporto más que no puedo decirlas todas en una misma frase, porque no me caben.
- Ya, pues se me ocurre que ya no tienes porqué seguir aguantandome más, yo aprenderé a vivir sin disfrutar de tus tantas virtudes, no sufras por mi. Hasta ahora no me había visto en esta tesitura, tan drástica y sin duda triste, pero en fin, parece que ya es inevitable. Y los niños… bueno, ellos se adaptan a todo. Podemos vivir en el mismo barrio para hacerselo menos dificil, pero cada uno en su casa. De esa manera ya no tendrás que sufrirme más…
- ¿Pero de qué estás hablando?
- A ver Jorge, no pongas cara de haber visto un fantasma; ¿tu te has escuchado lo que me has dicho?. Me estás contando que no me soportas, que te eriza los nervios cada cosa que hago, que te molesta todo lo que digo… Yo sólo te ofrezco una solución. ¿No te parece lo mejor?
- No
- Pues no veo porqué tienes que seguir aguantando todo eso que dices que te hago sentir, pudiendo poner remedio.
- ¿Que porqué? Pues porque te quiero con todo mi ser, porque no sabría vivir sin ti, porque si no comparto mi vida contigo no podré respirar, porque eres la mejor madre que existe, porque me haces reir, porque …
- Vale.
- ¿Vale?
- Sí, vale. Ya sé que me quieres. Tanto como yo a ti, pero quería que te lo oyeras decir, porque al que se le estaba olvidando era a ti…
- Eres una cabrona, lista como una zorra, pero una cabrona!!
- Si si, ya. No te olvides poner el lavaplatos antes de acostarnos. voy a ducharme, si es que puedo pasar hasta la ducha saltando entre tus ropajes que seguro estarán en el suelo del baño.
- ¡Te odio arpía!
- Sí cariño, yo tambien te quiero.

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